domingo, 2 de octubre de 2016

Tlatelolco en llamas

Por Rodolfo Herrera Charolet

Nuevamente la sangre corrió como si fuera agua de lluvia en un día triste, húmedo y en agonía, por doquier había despojos humanos. Los que tuvieron suerte murieron aprisa, los que sobrevivieron a la matanza fueron torturados. Las ejecuciones no cesaron en ningún momento, la pelea fue de manera desigual, unos fuertemente armados y en calidad de mercenarios mataron por ordenes, los otros con exiguos escudos defendieron causas imperdonables, ideales que fueron escritos con su sangre, murieron por una sueño que resultó insuperable. Guerreros de ideales, sobre ruinas y ajusticiados.

Tres meses antes de la matanza comenzó todo, el desenlace ya se conocía, un final de una sola batalla sin tregua, con el asesinato ejemplar de mártires por carniceros fuertemente armados. Esa noche sólo se respiraba el olor de sangre caliente, por todos lados las sombras presurosas escondían los muertos, en una batalla en donde no hubo tambores y los combatientes defensores resultaron ser jóvenes inexpertos, que sin cascabeles en los tobillos, pretendieron imponerse a la fuerza destructora de un ejército preparado.


No han cesado los alaridos, los gritos décadas después aún se oyen, las madres aún vivas lloran a sus hijos y otras ya han perdido la esperanza de encontrarlos vivos. Pero en la batalla, también hubo mujeres que con puños apretados y con su única fuerza pretendieron golpear al cruel castrense que empuñando el hacha, no cesó su faena hasta verlos caídos, las mujeres solo utilizaron sus pechos como si fueran escudos tan solo para ser abatidas.

Tlateloloco está nuevamente en llamas, el dios benefactor y de mantenimientos, empuñando su espada de fuego, ha colocado nuevamente su trono en el centro de la plaza, en el lugar de la matanza. Grán ídolo de barro recibe la sangre de martirio, porque él no es una deidad que mata por naturaleza propia, solo induce a capturar combatientes para que sean conducidos a la piedra de sacrificio. Huitzilopochtli, gobierna ese día, a él los guerreros llevan vivos a los que serán sacrificados, no pide muertos porque la sangre humana, líquido precioso, se ha de ofrecer justamente en el lugar sagrado y destinado a su culto. El dios de la abundancia y fertilidad aún recuerda como logró salir del vientre materno y empuñando la serpiente de rayos de sol, decapitó a su hermana y a sus cuatrocientos hermanos, luna y estrellas del firmamento, que no querían que naciera y desde antes de su primer respiro le temían.

En 1968 se abrió paso en Tlatelolco una nueva espada de fuego, pero no fue de belenio como la de los druidas, ni tampoco la serpiente de rayos de sol de los dioses de teogonías infinitas, tampoco fue holocausto de combatientes extraños. Fueron degollinas arbitrarias, producto de la espada de una la libertad ultrajada, fue la censura a la voz de la protesta y esperanza, fue el aniquilamiento de la fuerza de la razón, que años después pretendió resurgir entre los inocentes muertos.

Los militares a sueldo empecinados en recuperar la plaza por "orden del gobernante coronado", avanzaron, solo retrocedieron poco para afinar el tiro. Sus armas escupieron muerte, a través del humo, escombros y los restos mortales. Todos ya sabemos que fueron inocentes, que un gobernante justificó su matanza, que el ejercito cumplió ordenes, que todo tiene un precio y aún cuando la vida no lo tiene, es más fácil sepultar muertos. Si es lamentable la muerte de un ser humano, cuando son cientos son estadística.

De pronto, el silencio que aturde invadió la plaza, de un solo golpe terminaron los gritos, ya no se escucharon tambores. En el lugar en donde algún día hubo sauces blancos y blancos juncos, ese día los edificios blancos manchados con la sangre de jóvenes que pretendieron combatir con voces y puños cerrados frente a balas y soldados, en ocasiones con su marcha de silencio, ese día quedaron mudos para siempre cuando todos habían sucumbido.

Extinta la quimera ha concluido el tiempo. Fallecido los jóvenes se ha ajusticiado el futuro de la patria. Muerta la libertad únicamente se esperan las cadenas de la esclavitud y la esperanza remota de que algún líder aún quede vivo, semilla de alguna futura generación que retome los ideales de jóvenes extintos. Hoy viejos cansados de seguir luchando, hoy el recuerdo es cubierto por el polvo del tiempo.

El guante blanco indicó el inicio de la matanza, en la plaza de los edificios blancos y los blancos cimientos. Ya no vendrán jóvenes a rendir tributo a la libertad de palabra, príncipes vencidos de este tiempo.

Miles de muertos, cientos de viudas, decenas de polvorientos años, dos "ejércitos", dos matanzas, en el mismo sitio. Así fue en 1521 un agosto 13, cuando conquistadores españoles mutilaron la historia de los mitos. También se repite en 1968, un 2 de octubre que no se olvida, en donde el ejercito que se dijo patriota mutiló la historia de una generación de nuestros tiempos.

El botín de los mercenarios en la caída de Tenochtitlán, fue el oro de blasones, máscaras e insignias, el cual fue apilado en grandes talegas. Oro de los colgajos de labios y de orejas, lunetas, dijes, idolitos y hasta vestimentas. Se pesa el oro, de todo se hace cuenta, se venden prisioneros de guerra, los soldados descansan, ultrajan mujeres y toman vino.

El botín del 2 de octubre es apilado en cajas de cartón, se esconden videos, se ocultan pruebas, se disfrazan culpables o se regalan becas. Solo se cuentan los años de olimpiadas y supresión. Aún hay quienes lo disfrutan, la libertad fue ultrajada, los guerreros ya descansan, unos reciben condecoraciones, otros ocuparon cargos públicos.

El conquistador español de 1521 en busca de más oro, con fuego quemó las plantas de los pies del emperador Cuauhtémoc, untadas de aceite.

Los responsables de la tragedia de 1968, solo el fuego interno les quema sus conciencias. En la hoguera pública, por su "mala suerte", su impotencia, falta de tino o vergüenza, se queman las entrañas de sobrevivientes. Paradójicamente ambos bandos ahora buscan la verdad, untada con el polvo del tiempo o las canonjías vergonzosas.

Hutizilopochtli está satisfecho, le han ofrendado sangre de sacrificio, promete a los guerreros cautivadores mantas labradas, joyas y lujosos atavíos, al igual que vida plena de dádivas y placeres, como premio a su matanza. "Su límite nada será, en nada les irán a la mano, harán todas las cosas cuantas cosas quieran, cualesquiera que sean sus codicias ... recibirán ... los dones completos".

Pero la ancestral idolatría también es el colibrí, y éstos "renuévanse cada año: en invierno son colgados por el pico, en sacrificio se secan y se les cae la pluma ; y cuando el árbol toma a reverdecer él torna a revivir, y tórnale a nacer la pluma, y cuando comienza a tronar para llover, entonces despierta, vuela y resucita".

Así las víctimas sacrificadas tornan a renacer, les nacen pluma y cuando en nuestro mundo parece que todo truena porque parece que va a llover, entonces los defensores de las expresiones libres, reencarnan en las nuevas generaciones, despiertan, vuelan y resucitan.

El mundo ante las matanzas se queda callado, sufre, aprende y aún ... vive.

  • Originalmente escrito y publicado el 2 de octubre de 1999

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