domingo, 17 de noviembre de 2013

Prostitución

El mensaje
Por Rodolfo Herrera Charolet

2013-11-16 | Violeta de pie en una banqueta de Sullivan, sobre sus zapatillas de altísimos tacones, se aproximó al coche de un cliente. Le tocó el vidrio para ofrecerle placer del cual no se arrepentiría. Sin embargo fue un pretexto para dejar caer dentro del auto un papelito doblado que sacó ágilmente por arriba de sus senos y lo miró a los ojos con el mismo miedo y súplica que lo haría un condenado y que al mismo tiempo se jugaba la vida. El hombre entendió el mensaje.

--- ¡No gracias! --- ¿Me puede decir cómo llegó al monumento a la madre?

Ella se incorporó y le indicó hacia donde doblar para llegar al sitio.

El hombre siguió su marcha y tan pronto la mujer se había perdido entre los cientos de chicas que se prostituyen en la calle, tomó el papel que había quedado entre sus piernas: “Me obligan a prostituirme, me vigilan.”, el mensaje incluía un número telefónico.

Violeta era una chiquilla de escasos diecisiete años de un pueblo de Sinaloa, en donde fue enganchada, para condenarse al mundo del sexo servicio. Tomó su nombre de las flores que su madre cuidaba con tanto esmero, antes que una fuera ejecutada junto a su marido, quedándose al cuidado de su tía, desde aquel día que se había salvado de la matanza y hasta  antes de caer entre las garras de los depredadores modernos; seducida, ultrajada y explotada, fue trasladada a la ciudad de México, para ejercer la prostitución como cualquiera de las esclavas de Sullivan.

Días después de que el conductor recibió el papel, hizo contacto vía telefónica, para percatarse que entre gritos desgarradores le contestó la voz de un hombre. Titubeo y sin pensarlo pronunció el primer nombre que le vino a la cabeza.

--- ¡Por favor con el doctor Fernández!

---¡Está equivocado! --- Contestó el hombre y colgó.

Entonces decidió llamar a la Procuraduría General de Justicia en donde relató la corta historia de Violeta. Días después el hombre fue buscado por agentes ministeriales para comparecer dentro de un caso de homicidio. El cadáver de una mujer, que entre sus ropas le fue encontrado un teléfono celular, el mismo número asignado que él había aportado en su denuncia. Se ofreció en identificar a la mujer y que según las indagatorias había muerto el mismo día que entregó el mensaje y que había hecho la llamada. Su número telefónico aparecía en el buzón de recibidos.

La cara amoratada del cadáver de la chica, no impidió que el hombre la identificara que pudo recordar cuando sus ojos suplicantes y a la vez temerosos le pidieron ayuda. Era la misma, con la misma ropa con los mismos senos de los que había salido el mensaje.

Violeta pasó a formar parte de la pila de cadáveres de mujeres asesinadas y que en calidad de desconocidas desaparecen con el polvo que se acumulan sobre su expediente, borrándose toda huella al igual que la identidad de sus homicidas.



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