jueves, 17 de septiembre de 2009

El negocio de la miseria

Fauna Política
El negocio de la miseria
Por Rodolfo Herrera Charolet


Mientras usted conduce su auto y espera la luz verde para continuar su camino, es muy probable que a un lado de su puerta se acerque una niñita con sus moquitos embarrados pidiéndole para su pan o tenga que hacer señas de “no” al insistente limpiaparabrisas con sus mechas o rastras al aire, sus pantalones mojados y su arete en una oreja o quizás; reconozca al “latin lover” de la prolongación reforma, que más bien parece promocionarse como modelo streepeer que limpiaparabrisas, o de a perdis el flaquito del crucero inteligente de la calzada Zaragoza a la altura de la Plaza Loreto, que si no le da monedas después de la limpiada o “embarrada” de cristal, lo observará por el retrovisor que le manda un saludo a su progenitora.
Posiblemente en su recorrido cotidiano, observe a medio día y hasta las cinco de la tarde, en la calzada Zaragoza frente al restaurante el Viejo Pueblito, la famosa “Dragona” que ya manchó el pavimento y la banqueta con residuos de petróleo o entrando la noche, sobre la Diagonal Defensores de la República, al malabarista con sus antorchas encendidas haciéndole la competencia a la supuesta jovencita “indígena” con el crío en la espalda y dos niños (niño y niña) jugando a la orilla del camellón central, trepándose en unos cubos de cemento, que no se quién mandó hacer.
Pero si viene conduciendo en la calle “abajo” de la Teziutlán Norte para encontrarse con la famosa Recta a Cholula, puede toparse con nuestro amigo, el ingeniero Gabriel, en su silla de ruedas librando las llantas de los coches y evadiendo los agujeros, pero recibiendo las dádivas de los ingenuos transeúntes o conductores. Pero si ese día no se encuentra, es posible que ese lugar sea ocupado por Carmelita, en iguales condiciones, con sus piernas flaquitas pegadas a la silla de ruedas y pidiendo limosna. Si Gabriel o Carmelita no se encuentran en su lugar de trabajo, por estar en el Portón o Vips de la Juárez tomando sus sagrados alimentos, su lugar lo ocupa Juanito, también en silla de ruedas, el mismo que en ocasiones se ubica en la calzada Zavaleta y Boulevard del Niño Poblano.
Siguiendo la calzada Zavaleta, usted debe disminuir la velocidad, porque ya se despintaron los topes que durante tres años pintaba el “gordito de los domingos” cuando solo coloreaba la mitad del tope con una pintura de aceite o agua que se borraba cada semana. Para pintar los tres topes del lugar, se tardó los tres años, hasta que la autoridad municipal le pidió “cambio de adscripción” por quejas de los ciudadanos que transitaban por el lugar y se encontraba nuestro flamante “cuasi-servidor público” pintando y obstruyendo la mitad del arroyo.
Pero si va por el Vips frente a las Ánimas, se encontrará al viejito que ahora ya cojea de la derecha, cuando hace un año la hacía con la izquierda. Poco antes se habrá topado con el vendedor de chicles y que habrá llamado su atención por el sombrerito de algodón o palma con pints, sus ojos y tez blanca, que más bien parece un vendedor de caricatura que un indigente. Si ese día no llueve y es domingo, se puede topar con la sordomunda que reparte estampitas de santos o al eterno benefactor que pide limosna en apoyo a los niños desamparados “de su casa”. Pero si de benefactores se trata, también se encontrará en la Forjadores de Puebla a los “socorristas de rescate y primeros auxilios” con su ambulancia “patito” estacionada en la esquina, o probablemente se encuentre haciéndole competencia a los supuestos socorristas, las señoras del barquito en la cabeza que dicen representar a las “misioneras del ejercito de salvación”.
Sin embargo si ese día se levantó con el firme propósito de no dar limosna alguna y no desembolsar sus monedas, que se aferraron al fondo de su bolsillo como parásitos con hambre, sin duda las dejará ir y depositarlas sobre las manos de los excelentes mimos o payasos que bien disfrazados, hacen sus gracias en breves segundos, en las otras tantas esquinas de las calles poblanas, atrás de ellos en el camellón, trepados o bajo la sombra de los árboles y sus retoños, los críos aplaudiendo la función.
Por fin, después del recorrido y habiendo sorteado los cientos de pedigüeños de las calles, habrá llegado al centro comercial de su preferencia, habrá dado su propina al anciano o niño que el área de cajas embolsa sus compras y al “viene, viene” que le cuida “sin cuidado” su coche en el estacionamiento, por cierto, que los “vigilantes” de algunas plazas comerciales, se hacen tarugos en ayudar a sus “benefactores” a vaciar los carritos en su cajuela y solo se concretan a acercarse al lado de su ventanilla cuando usted ha encendido el motor y se dispone a marcharse.
Pero si su corazón es tierno ante la enfermedad y dolor de los muchos que habitan nuestro planeta, también se topará en hospitales, clínicas, oficinas de gobierno o la vía pública a los pedigüeños que con receta reciente en mano, hacen lo suyo. Algunos con la mano vendada y los orines depositados en una bolsita que muestran como trofeo de guerra a los transeúntes.
¿Sabía usted que muchos de esos niños, son menores explotados por bandas organizadas?
Sin embargo, mientras usted siga dando monedas a los actores de la pobreza y la autoridad sea tolerante y no aplique estrictamente la ley, nuestras calles seguirán siendo el reflejo de nuestra miseria, de aquella que carcome las entrañas de las sociedades civilizadas.


¿O no lo cree usted?

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