miércoles, 15 de octubre de 2008

Editorial: Pena de Muerte



Fauna Política

A guillotina secuestradores

Por Rodolfo Herrera Charolet

El grito generalizado de indignación que, en todas partes, dentro y fuera de México, ha resonado, al difundirse la noticia de la perpetración de horrendos crímenes. Es lo que ha movido en más de una ocasión a políticos y cronistas de la nota roja, a retomar las iniciativas o tomar la pluma para trazar una realidad que viven las sociedades modernas, atestadas de criminalidad e inseguridad pública.

El grito que denuncia la inmoralidad de servidores públicos asociados a las bandas criminales, y el gran peligro latente que se cierne sobre la sociedad, es sin duda un grito de la conciencia pública que advierte y acusa. En este contexto algunos partidos políticos encuentran la oportunidad de promocionarse e influir en el conciente colectivo, sin mayor recato que posicionarse rumbo a un proceso electoral, al impulsar la pena de muerte a secuestradores. Esta propuesta, que es un grito ciudadano, desprovisto de memoria, nos conduce a dos progresos que representan retroceso, igualmente fatales; uno que conduce a la voluntad de la civilización, acotada por los hechos, y otro a la barbarie; premio y castigo, que el Estado de Derecho y no de la Justicia, deja a la libre elección de los hombres y los pueblos.

Los asesinatos a sangre fría de innumerables víctimas, sean niños, jóvenes adolescentes o ancianos, que han sido previamente secuestrados. No han sido producto de la acción nefasta, con premeditación y cálculo, de un solo individuo. Ni tampoco que este acto irracional sea obra de la demencia, un repentino furor o el simple fanatismo, sino que, ahora se sabe, se han perpetrado por una banda de asesinos que se han coligado con funcionarios públicos.

Los actos de cruda ferocidad han provocado la sublevación de las conciencias ciudadanas, hombres y mujeres de modo honesto de vivir que ven amenazado su futuro no solo por la crisis económica, sino por la inseguridad permanente en la que vive.

Los homicidios que se hacen cotidianos y parecen formar parte de la costumbre, no pueden considerarse como accidentes sociales o males inevitables de los herederos de Caín, sino que sus actuaciones revelan un mal profundo; y sea cual fuere la mano que ha dado impulso al arma homicida, son hechos que mancillan a la sociedad y su deseo de mejorar el pacto social. Un pacto que podría romperse para dar cabida a la justicia por propia mano, en donde la pena de muerte cobre vigencia, como un referendo de la voluntad ciudadana hacia la justicia eterna.

Sin duda el crimen perpetrado por esas manos asesinas, es aborrecido por la sociedad que busca virtudes en el gobierno de los servidores indiferentes, que en su aquelarre cotidiano propician la venganza ciudadana.

Ante tales circunstancias, los ciudadanos justifican su protesta ante la indiferencia, en la mayoría de los casos de aquella actuación encubierta de declaraciones ociosas y oportunistas. Puesto que la pena de muerte es una solución extrema a la criminalidad virulenta que pretende establecer sus propias normas.

La sociedad cansada de los arteros ataques, ha olvidado las crónicas sobre la guillotina, cuando justificada su necesidad, pasó a ser un morboso espectáculo público. En aquellos lodos de esos tiempos, la finalidad de la monstruosa máquina y la pena capital, era la de agilizar el desahogo de la lista de espera y ejecución de los condenados, reducir el costo de ejecución y la de intimidar a los criminales, argumentando que la ejemplaridad del castigo, debería disuadir la conducta delictiva.

Las ejecuciones públicas, entre ellas, las de criminales confesos, provocó el vómito de hombres y mujeres honestos. Una realidad que merecía el criminal, pero que amargó no solo el corazón de los ciudadanos, sino de la sociedad en su conjunto.

Cuando la suprema justicia, de hombres, es capaz de arrebatar la vida. La pena de muerte destinada a mantener la paz y el orden social, es el aliciente de un mérito indigno, puesto que es mayor al atroz crimen cometido por el delincuente. Esto es así, porque la muerte se paga con otra muerte. El nuevo muerto, el que esta provisto de culpabilidad, lejos de reparar el daño social, agrega al cuerpo social una nueva mancha, puesto que justifica el envilecimiento de sus resortes, acrecentando la culpabilidad del cuerpo y de quien debería procurarlo.

Aún la pena de muerte es justificada en países musulmanes, cuando esta ejecución se difunde, el cuerpo social “civilizado” condena el atroz crimen. Cuando se confina la ejecución a la soledad de los sótanos de prisiones, la condena pública es mayor, por la tortura previa a la que son sometidos los condenados.

Se ha demostrado, que no obstante que existe la pena de muerte, en algunas sociedades, la criminalidad no ha disminuido. El fracaso de la intimidación y la ejemplaridad, en la pena capital, no sirve para disuadir la criminalidad. Un claro ejemplo lo podemos encontrar en la estadística realizada en el año de 1886 en Inglaterra, cuando de 167 condenados a la horca en la prisión de Bristol, al menos, 164 de ellos habían asistido, por lo menos, a una ejecución capital.

Si bien es cierto que el criminal es culpable, el motivo de criminalidad no queda abolido al suprimir al malhechor. El impulso que lleva a delinquir hasta cometer asesinato, no se atiende, si solo se suprime al agente o instrumento.

Con la ejecución como pena legal, la criminalidad se duplica, puesto que, al homicidio individual del reo debe sumarse la violencia colectiva que realiza la sociedad, al eliminar al delincuente. En la pena capital, el motivo que la nutre es pura y sencillamente la venganza social hecha ley. Una restitución ampliada de la ley del talión. En este contexto la sociedad que aprueba la pena de muerte, enmascara la venganza con ejemplaridad e intimidación, en donde la motivación está regida por la naturaleza y el instinto, nunca por la ley, mucho menos por la justicia.

Si el crimen es una desviación de la naturaleza humana, entonces la pena capital, un crimen del colectivo en el individuo culpable, es una desviación aberrante del cuerpo social.

¿O no lo cree usted?

Esta historia continuará

Entradas más recientes Entradas antiguas Página principal