sábado, 7 de julio de 2007

El rostro de la miseria

Fauna Política
Lupita: El rostro de la miseria
Lic. Rodolfo Herrera Charolet

En nuestro México moderno, miles de niños menores de cinco años ya han descubierto el rostro de la muerte, invitados al banquete de los gusanos, no llegaron a su vida adulta. Sobre todo aquellos que viven en las comunidades más indigentes y aisladas del país, aquellas ciudades pérdidas que abundan entre montoneras de basura y olores fétidos, entre cielos de nubes de moscas y gotas nutridas de virus.

Sin embargo, en Puebla, entre los cerros de oyamel o valles desolados; abundan lugares raquíticos en fama pero abundantes en tristeza. Contrastes que ofenden el buen juicio, cuando el segundo hombre mas rico del mundo, ha hecho su riqueza entre la pobreza de millones de mexicanos.

Mientras que “Forbes” publica en primera plana la imagen de los hombres poderosos del dinero, los infantes de su país, burlando la muerte, transcurren sus días entre trasnochados platos, que eso sí, son abundantes las carencias y estropeadas cosechas. Esos pequeños jamás serán niños normales, ya que nunca podrán utilizar al máximo sus capacidades físicas e intelectuales, en contraste con otros pequeñines que corrieron con mejor suerte y tienen despensa cada mes.

El motivo de tal injusticia, es el esquema económico impuesto durante décadas, se dice que es la única forma de generar la riqueza, de acumularla y en su caso de “repartirla”. Por otro lado, la desnutrición crónica de los millones de infantes, no conoce de macroeconomías y economías de escala. Una vez más, la cruz de la injusticia es soportada por los más indefensos, los niños de aquellas mujeres que sufren las consecuencias de su ignorancia, su pobreza y el abandono político, motivo de discurso y programas anunciados.

Recorriendo esos caminos polvorientos, un día llegué a la sierra norte del Estado, a 178 kilómetros de la Angelópolis, y antes de llegar al hermoso y gigantesco santuario de las piedras encimadas de Zacatlán, en donde se anuncia, inversiones millonarias para hacer de ese paraje un parque nacional digno de ser visitado. Encontramos entre veredas y caminos, como escondido y olvidado del mundo, un pequeño caserío, pasando dos pequeños valles desolados y devastados por la tala inmoderada, pero estancado en el tiempo y los moscos de los charcos. Un lugar llamado “Palos Caídos”.

Entre esos caminos agrestes y solitarios, sus habitantes están acostumbrados, a vivir entre el lodo amarillo, la pizarra roja, el humo y hollín de anafres. De sus casas con pisos de tierra y techos de cartón embarrados de chapopote negro. En ese lugar, no importan las estaciones, siempre llueve, sea el aguacero torrencial o el simple chipi chipi. Cuando deja de llover, las veredas son deleite de los niños, son resbaladillas rojas, de lodo que mancha sus mejillas.

Pero, si un accidente ocurriera, en ese lugar de infinita miseria, no habrá auxilio, no hay ni cruz roja, ni transporte colectivo. Por si acaso, aguardiente para aguantar el dolor, mientras en una destartalada camilla son transportados a la orilla de la carretera, a unos 14 kilómetros de distancia de donde viven. Si acaso, algún buen samaritano permitirá que sus vestiduras de su auto sean manchadas, por los arapos sucios del infeliz, que se aferra a la vida apretando los dientes o que con los ojos en blanco, espera con el cuerpo aflojado pasar a mejor vida.

Cuado se llega a ese lugar, los perros hacen recibimiento, decenas de famélicos amarillos se arremolinan, pelando los dientes mueven rapidito la cola, esperando las tortas pasadas del día. Los niños corretean acostumbrados a pasar la vida, con barrigas lombricientas calentadas a ratitos.

Lupita, vive en una cabaña de madera, que se levanta entre la barranca y el pueblo. Tiene escasos 14 meses de vida, nació un día de lluvia por la noche, la partera le salvó milagrosamente la vida, su madre no corrió con mejor suerte, murió días después de sangrado profundo, dicen que “no aguantó por la palidez”. Es apenas una criatura que en sus ojos inocentes reflejan la tristeza y en ocasiones el hambre, como si presintiera que su fin se acerca.

Lupita sufre desnutrición crónica y, según los análisis realizados, su vida podría terminar en cuestión de días. Los servicios de salud escasos, no tienen camas suficientes para darle reposo y cuidado; ni medicamentos necesarios para su cura; el padre, ebrio consuetudinario, apenas le alcanza el dinero para curar su cruda.

La madrina de Lupita no comprende; desde que nació no ha dejado de amamantarla y prepararle sus papillas, aquellos sobrecitos de polvo que las dependencias de gobierno entregan rutinariamente y que también sirven para engordar a los cerdos del traspatio; dice, entre sollozos, que “la parca quiere mamá e hija juntas” y por eso no pasa de ser puro esqueleto. Afirman que es tradición en ese pueblo, que cuando muere una persona, regresa a los nueve días por un familiar, para irse juntos.

Lupita fue la última de nueve hermanos, la mayoría murieron chiquitos, los que viven están igual de desnutridos. Su corazoncito palpita acelerado, quiere correr y salirse, afligida la mujer afirma. El médico sabe que en cualquier momento la pequeña bomba conocerá la taquicardia. La falta de adecuada alimentación en sus hermanos, les provocará pérdida de peso, talla baja, palidez generalizada, somnolencia, mareos, debilidad, cansancio, visión borrosa, entre otras enfermedades progresivas.

Las estadísticas nacionales muestran que un gran porcentaje de infantes mueren a consecuencia de la desnutrición, y que el problema radica no en la falta de alimentos, sino en la elección de los mismos. Las proteínas y vitaminas, que se encuentran en las carnes y en las frutas, aquellos alimentos que solo son consumidos en los días de fiesta o cuando los políticos acuden en “comitiva” a visitar esos alejados pueblos.

Cuando regresé de Palos Caídos, me di cuenta de nuestra miseria, de aquella que cotidianamente se encuentra en algunos de nuestros servidores públicos, que con fines electorales o partidistas descartan de sus programas a esos pobres lugares. Con el pretexto de que, ellos tienen la culpa de vivir como animales o que san tan pocos los habitantes, que no reditúan votos.

Motivado por esas imágenes del pueblo que sufre, tomé la determinación de impulsar los pisos y techos dignos, desde luego que con mucho orgullo afirmé que esto sería aceptado. El problema que ahora veo, es que según las estadísticas, los números del cuento, que en esos pueblos o al menos a los amigos del presidente o de algún funcionario, el techo y el piso llegó expedito, mientras que los pobres más pobres, siguen esperando. Ni modo, solo tengo la respuesta del funcionario encargado “ese municipio ya fue beneficiado en el año… “
Entonces mi pregunta fue sencilla: ¿Y los jodidos cuando?... sigo esperando la respuesta, esperando que cuando se de respuesta, esos niños no sean ya, banquete de los gusanos.

¿O no lo cree usted?

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