miércoles, 5 de abril de 2006

Favor de morir en jueves


Crónicas de lo Cotidiano
Favor de no morirse en miércoles
Por Rodolfo Herrera Charolet


Este editorial fue escrito hace ya varios años, tantos, que olvidé cuando fue por primera vez publicado, basado en hechos reales. Lo que si recuerdo es la vida y penurias de los protagonistas, cholultecas, amigos míos: Esa semana fue la previa a la santa.


En esta época entregar el equipo sin causas molestias, es cuestión de no morirse en miércoles ni en fin de semana, menos si tenemos semana santa (vacaciones padres de los no padres). Por lo anterior es recomendable solo “morir en jueves”, en virtud de ser un asunto pasajero que sucede una sola vez.

Miguel:
Un día martes sucumbió Miguel a consecuencia de un “dolor de pecho”, al día siguiente por la mañana se deseaba realizar una misa de cuerpo presente, como es costumbre en la vida cristiana. Juan Penas acudió a la Parroquia, el Vicario despachaba en ausencia del Cura, me informó que no sería posible realizar el servicio religioso, porque los miércoles no trabaja la iglesia, indignado le increpó:


- ¡La iglesia se ha burocratizado!.


- “Los sacerdotes trabajamos en domingo y tienen derecho a un descanso semanario”


- Yo creía que el sacerdocio era una vocación y no un trabajo, le respondió indignado Juan Penas.


- “Fieles como usted no necesita la iglesia” le reviró el sacerdote.


Juan Penas salió de la oficina parroquial, pasó por el patio de la “casa de la cristiandad” y se dirigió al Convento Franciscano, que resulta ser la “competencia” del clero parroquial en donde le informaron que en día miércoles abren la iglesia pero no hay sacerdote disponible y que aún estaba en tiempo, porque en ese momento se encontraba la señorita que atiende la oficina de cobros por servicios religiosos. Le proporcionaron una lista con los nombres de algunos sacerdotes que pueden atender estas eventualidades y salió en busca de ellos. Dejar de existir es tan pasajero que en toda la vida de un individuo, cuan larga sea, solo le pasa una vez, pecata minuta.


No habiendo encontrado “libres” a los sacerdotes recomendados, Juan Penas retomó los caminos tortuosos que llevan a la Parroquia, en busca de un “auxiliar” o persona “autorizada” en el oficio, por fortuna encontró al cura, un hombre inteligente, quien gentilmente lo atendió, con la atenta súplica de que la misa se efectuara dentro de su jurisdicción. El Convento forma parte de otra organización religiosa y está fuera del control de los curatos.


Finalmente el sacerdote ofició la misa de cuerpo presente, desafortunadamente no se efectuó misa a los nueve días, por haber sido Semana Santa y en la semana mayor no hay templos católicos disponibles.

Herminio:
En día miércoles un moribundo, requería el último sacramento, quien en otros tiempos se preocupara por cubrir los cargos en la iglesia de su barrio, llegando a ser su “mayordomo”, cargo que por tradición requirió de invertir en fiestas patronales los ahorros de toda su vida, festejos que le causaron una cirrosis hepática. Ante la necesidad de conseguir un sacerdote, Juan Penas acudió a la Parroquia, rogándole a Dios no encontrarse con el Vicario que ha confundido el ministerio con un simple empleo.


Herminio se encontraba a punto de sucumbir. Juan Penas olvidó que los padres de la parroquia no trabajan el miércoles, ese día encontró cerrada la “oficina del vicario” y el cura, tenía en espera una larga fila de fieles. Para cuando le tocara turno, Herminio habría extinguido su vida, abandonó su pretensión de esperar turno y salió del templo para entrevistarse con un algún sacerdote del Convento. El padre Francisco, quien no dudó ni un momento en colocarse los hábitos, así en calidad de bulto y a punto de espirar Herminio recibió el sacramento de su fe y marchó al más allá sin mayor trámite que cerrar los ojos y ser enterrado en el panteón del Barrio de Jesús, en donde una lápida algún día recordará su nombre y los mayordomos posteriores fraccionaron parte de los terrenos de la iglesia.

Don Toño:


Un fin de semana, el “peluquero” de Juan Penas finalmente pereció después de una de ésas que los periódicos publican “larga y penosa enfermedad”. Un anciano octogenario, hombre que no hizo más riqueza que ser tan pobre que solo Dios le prestaba. No se publicaron esquelas en los periódicos, por si acaso alguien leyó mis comentarios que de él publicados meses después.


Todos recordamos a don Toño, cuando en su viejo sillón, algunas anécdotas nada empalagosas nos contaba, de ahí mi gusto por narrar la historia como si fueran cuentos, narrativa de hombres y mujeres en donde las canas no los hacen más viejos, porque su corazón, dicen, no tiene edad.
Como el pulso de Toño ya no era firme, Juan Penas tomó la previsión de tan solo platicar algunas veces y periódicamente, le decía “mi peluquero” aun cuando ya no le cortara el pelo... ciertamente no lo deseaba. Más vale pelos largos que orejas mochas.


Poco a poco se fue muriendo, viviendo en abonos, poco a poco, no hubo vida para grandes cosas, sino por las pequeñas de todos los días. Para Toño el día era igual al anterior, tan solo desigual cuando aprendió a leer y escribir, cuando se casó y desde luego, cuando expiró con el sueño de algún día tener un hijo, asunto que no concretó.


Llegó el momento de que anciano le arreglara la barba a San Pedro, falleció por la tarde, pero desgraciadamente su cuerpo no fue velado ese día, porque en el hospital les negaron entregar el cuerpo, si no pagaban antes la cuenta. Previa colecta y pagados doscientos pesos, el faltante fue cubierto con la firma de un pagaré, eran las dos de la mañana cuando fue entregado el cuerpo envuelto en una sabana rota y ensangrentada.


Los médicos encargados de la Institución de “Beneficencia Pública”, negaron la entrega del Certificado de Defunción, porque los fines de semana la unidad hospitalaria, no tiene Director, de quien se dice, es el único autorizado y trabaja de lunes a viernes, con excepción del miércoles cuando tiene acuerdo en las oficinas centrales.


Finalmente Juan Penas logró obtener el certificado, cuando pretendieron enterrar a Don Toño, se dieron cuenta de que tampoco tenía terreno, entonces, se turnó el asunto a la Presidencia, quienes tomaron la decisión de confinarlo en la fosa común con ataúd donado por el DIF municipal, ante la ausencia de familiares o conocidos cercanos.


Así el anciano murió por el delito de haber nacido. En su entierro, sin familiar alguno, si alguien hubiera preguntado.


-¿Era su hermano?
Todos deberíamos de haber contestado:
- Si. Enterramos a nuestro hermano.
Era domingo... día de misa.


Esta historia continuará.
Cholula, Semana Santa de 1995.

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