miércoles, 16 de agosto de 2006

Changuito ejercitándose


Fauna Política
El cuento del changuito
Por Rodolfo Herrera Charolet


Allá en el pueblo en donde dejé enterrada mi tripita de nacimiento, en donde la pobreza permite imaginarse la abundancia de la carne en la mesa todos los días, cuentan el famoso cuento del changuito de la selva, que parece haberse inventado hace pocos días.


Cuentan que en la selva dominada por el rey león, tenía como fieles siervos a la jirafa, el elefante, la hiena y al changuito que es parecido al hombre, entre otros. Todos con el mismo rango de siervos y fieles guardianes de sus respectivos territorios, teniendo al león como su único soberano.


El changuito aburrido de no hacer nada entre tanta abundancia, decidió hacer ejercicio por si requería de su fuerza y de paso matar el aburrimiento, pero dice la gente, que el lo hizo porque vislumbró un proyecto personal, de hacer ejercicio para tener la fuerza suficiente y pelear por el imperio con el león.


Ciertamente el simpático changuito, era muy hábil, en eso de columpiarse entre las ramas de los árboles de la selva, al grado de invadir (en ocasiones) los territorios de otros jerarcas, quienes al sorprenderlo le preguntaban sus motivos de su osadía y él siendo muy arrojado (más por su agilidad en la huida y amistad con el león) les decía, que estaba haciendo ejercicio. La gente decía, que lo hacía para disputarle el imperio al león.


Así las cosas, que el changuito inició sus entrenamientos y desde luego, los otros primates le hicieron segunda imitándolo, hasta reconocerlo como su líder. Pasó la jirafa un día cuando la gritería de los monitos despertó su curiosidad y enterada del asunto, fue con el chisme ante el rey león. La sorpresa fue mayor, cuando el experimentado monarca le dijo que ya sabía de las andanzas del chango, pero que lo hacía por indicaciones suyas.


Pasó lo mismo con el elefante y la hiena. Entonces, tanta fue la fama del changuito, que el pasquín de la selva ya hablaba del proyecto chango como si fuera una realidad. Por su parte, los jefes de cada manada, divulgaron que el changuito encabezaba una rebelión. Se reunieron un día y alarmados conspiraron en contra del simpático primate. El León, mal humorado de tanto chisme, fue al territorio del célebre changuito y le preguntó que estaba haciendo:


-Aquí solo de hablador y haciendo gritar a sus súbditos los changos.


Después de contar este cuento, hace varios años, hay quienes me preguntan sobre su moraleja. La verdad, cada vez que lo he publicado o lo he contado, se aplica de muchas formas, cada quien del color que lo quiere ver. Pero yo sigo con una opinión. En la selva y el ejercicio del poder solo hay un solo rey, porque el poder (de la selva) se ejerce y no se comparte. Quien entiende esto llega a viejo o al menos, se dice, conserva los dientes.


¿O no lo cree usted?

jueves, 6 de abril de 2006

La chica de negro


Crónicas de lo Cotidiano
La camisa blanca contraataca
Por Rodolfo Herrera Charolet


En la época que compartía mi oficina con Juan Penas, cierto día mi secretaria llamó por el intercomunicador anunciando la presencia de una dama que buscaba al gerente, le dije que pasara. Juan Penas, rubicundo, bajo de estatura, con cabello un tanto necio, vestía impecablemente. Yo, en cambio, de manera informal, camisa a cuadros y saco sport, zapatos Canada.


Poco después irrumpió en nuestra oficina una dama de escultural belleza, enfundada toda de negro, una top que evidenciaba la ausencia del sostén y con un escote cubierto con una finísima tela de encaje, resaltando su rostro blanco, sus labios color carmesí, cejas y contornos cuidadosamente delineados que enmarcaban sus profundos ojos azules, con respiración un poco acelerada a causa de su rápido ascenso por la escalera:


-¿Es usted el gerente? - preguntó a Juan Penas, quien se ruborizó de inmediato y titubeo al señalarme.


Es cierto que “el hábito no hace al monje pero lo distingue” y mientras un empleado administrativo, haga lo que tiene que hacer y cumpla con su trabajo, poco interesa su vestimenta y mucho menos importa el color de su camisa. Generalmente el vestuario de un individuo implica sus posibilidades de ascender y llegar a ser un buen elemento. La capacidad del individuo puede ser alentada o tomada en cuenta dependiendo de su imagen y comportamiento.


Para la juventud de los finales de los 60´s el símbolo del viejo orden, estaba representado, entre muchos casos, por el uso de la camisa blanca en los empleos administrativos. La moda entonces impuso el de usar camisas de colores, pasando de los tenues hasta los chillantes.


Hoy en día una camisa blanca de puro algodón es la diferencia entre estar bien vestido y vestir de manera memorable. La camisa blanca de textura Oxford es poco más casual, con trama rígida y generalmente no va bien con un saco formal. La camisa blanca de paño fino o popelina, es suave como la seda y debe usarse con mancuernillas.


Para el diseñador italiano Giorgio Armandi, el usar trajes oscuros y camisa blanca, no importa si es en la oficina, el bar o el cine, las miradas que atraigan le estarán diciendo que usted es un profesionista talentoso. ¡Ahora! que si usted mide 1.90 y tiene una cara como galán de cine nacional o internacional o en el estacionamiento tiene un vehículo deportivo y bastante caro, poco importa la camisa que tenga puesta o el color del traje y sin duda alguna mujer, como la “dama de negro”, poco interés tendrá en el hábito del monje.


Por lo pronto ahora uso camisa blanca, esperando encontrarme nuevamente con esa dama y causarle mejor impresión, recordando que la quincena no alcanza para comprar vestimenta Armandi, Versánchez, Niki, y Louis Vuitrón, entre otras.


Es viernes de quincena, nos vemos en la venta nocturna de Palacio de Hierro, dan puntos extra si gasta más de 30 mil pesos en un año. Aproveche es una verdadera oferta, aunque después tenga que empeñar el auto para pagar los intereses acumulados.


Esta historia continuará.

Cholula, Semana Santa de 1995 y actualizado en el 2006.

En la foto: Alma Aguilar / Modelo

miércoles, 5 de abril de 2006

Favor de morir en jueves


Crónicas de lo Cotidiano
Favor de no morirse en miércoles
Por Rodolfo Herrera Charolet


Este editorial fue escrito hace ya varios años, tantos, que olvidé cuando fue por primera vez publicado, basado en hechos reales. Lo que si recuerdo es la vida y penurias de los protagonistas, cholultecas, amigos míos: Esa semana fue la previa a la santa.


En esta época entregar el equipo sin causas molestias, es cuestión de no morirse en miércoles ni en fin de semana, menos si tenemos semana santa (vacaciones padres de los no padres). Por lo anterior es recomendable solo “morir en jueves”, en virtud de ser un asunto pasajero que sucede una sola vez.

Miguel:
Un día martes sucumbió Miguel a consecuencia de un “dolor de pecho”, al día siguiente por la mañana se deseaba realizar una misa de cuerpo presente, como es costumbre en la vida cristiana. Juan Penas acudió a la Parroquia, el Vicario despachaba en ausencia del Cura, me informó que no sería posible realizar el servicio religioso, porque los miércoles no trabaja la iglesia, indignado le increpó:


- ¡La iglesia se ha burocratizado!.


- “Los sacerdotes trabajamos en domingo y tienen derecho a un descanso semanario”


- Yo creía que el sacerdocio era una vocación y no un trabajo, le respondió indignado Juan Penas.


- “Fieles como usted no necesita la iglesia” le reviró el sacerdote.


Juan Penas salió de la oficina parroquial, pasó por el patio de la “casa de la cristiandad” y se dirigió al Convento Franciscano, que resulta ser la “competencia” del clero parroquial en donde le informaron que en día miércoles abren la iglesia pero no hay sacerdote disponible y que aún estaba en tiempo, porque en ese momento se encontraba la señorita que atiende la oficina de cobros por servicios religiosos. Le proporcionaron una lista con los nombres de algunos sacerdotes que pueden atender estas eventualidades y salió en busca de ellos. Dejar de existir es tan pasajero que en toda la vida de un individuo, cuan larga sea, solo le pasa una vez, pecata minuta.


No habiendo encontrado “libres” a los sacerdotes recomendados, Juan Penas retomó los caminos tortuosos que llevan a la Parroquia, en busca de un “auxiliar” o persona “autorizada” en el oficio, por fortuna encontró al cura, un hombre inteligente, quien gentilmente lo atendió, con la atenta súplica de que la misa se efectuara dentro de su jurisdicción. El Convento forma parte de otra organización religiosa y está fuera del control de los curatos.


Finalmente el sacerdote ofició la misa de cuerpo presente, desafortunadamente no se efectuó misa a los nueve días, por haber sido Semana Santa y en la semana mayor no hay templos católicos disponibles.

Herminio:
En día miércoles un moribundo, requería el último sacramento, quien en otros tiempos se preocupara por cubrir los cargos en la iglesia de su barrio, llegando a ser su “mayordomo”, cargo que por tradición requirió de invertir en fiestas patronales los ahorros de toda su vida, festejos que le causaron una cirrosis hepática. Ante la necesidad de conseguir un sacerdote, Juan Penas acudió a la Parroquia, rogándole a Dios no encontrarse con el Vicario que ha confundido el ministerio con un simple empleo.


Herminio se encontraba a punto de sucumbir. Juan Penas olvidó que los padres de la parroquia no trabajan el miércoles, ese día encontró cerrada la “oficina del vicario” y el cura, tenía en espera una larga fila de fieles. Para cuando le tocara turno, Herminio habría extinguido su vida, abandonó su pretensión de esperar turno y salió del templo para entrevistarse con un algún sacerdote del Convento. El padre Francisco, quien no dudó ni un momento en colocarse los hábitos, así en calidad de bulto y a punto de espirar Herminio recibió el sacramento de su fe y marchó al más allá sin mayor trámite que cerrar los ojos y ser enterrado en el panteón del Barrio de Jesús, en donde una lápida algún día recordará su nombre y los mayordomos posteriores fraccionaron parte de los terrenos de la iglesia.

Don Toño:


Un fin de semana, el “peluquero” de Juan Penas finalmente pereció después de una de ésas que los periódicos publican “larga y penosa enfermedad”. Un anciano octogenario, hombre que no hizo más riqueza que ser tan pobre que solo Dios le prestaba. No se publicaron esquelas en los periódicos, por si acaso alguien leyó mis comentarios que de él publicados meses después.


Todos recordamos a don Toño, cuando en su viejo sillón, algunas anécdotas nada empalagosas nos contaba, de ahí mi gusto por narrar la historia como si fueran cuentos, narrativa de hombres y mujeres en donde las canas no los hacen más viejos, porque su corazón, dicen, no tiene edad.
Como el pulso de Toño ya no era firme, Juan Penas tomó la previsión de tan solo platicar algunas veces y periódicamente, le decía “mi peluquero” aun cuando ya no le cortara el pelo... ciertamente no lo deseaba. Más vale pelos largos que orejas mochas.


Poco a poco se fue muriendo, viviendo en abonos, poco a poco, no hubo vida para grandes cosas, sino por las pequeñas de todos los días. Para Toño el día era igual al anterior, tan solo desigual cuando aprendió a leer y escribir, cuando se casó y desde luego, cuando expiró con el sueño de algún día tener un hijo, asunto que no concretó.


Llegó el momento de que anciano le arreglara la barba a San Pedro, falleció por la tarde, pero desgraciadamente su cuerpo no fue velado ese día, porque en el hospital les negaron entregar el cuerpo, si no pagaban antes la cuenta. Previa colecta y pagados doscientos pesos, el faltante fue cubierto con la firma de un pagaré, eran las dos de la mañana cuando fue entregado el cuerpo envuelto en una sabana rota y ensangrentada.


Los médicos encargados de la Institución de “Beneficencia Pública”, negaron la entrega del Certificado de Defunción, porque los fines de semana la unidad hospitalaria, no tiene Director, de quien se dice, es el único autorizado y trabaja de lunes a viernes, con excepción del miércoles cuando tiene acuerdo en las oficinas centrales.


Finalmente Juan Penas logró obtener el certificado, cuando pretendieron enterrar a Don Toño, se dieron cuenta de que tampoco tenía terreno, entonces, se turnó el asunto a la Presidencia, quienes tomaron la decisión de confinarlo en la fosa común con ataúd donado por el DIF municipal, ante la ausencia de familiares o conocidos cercanos.


Así el anciano murió por el delito de haber nacido. En su entierro, sin familiar alguno, si alguien hubiera preguntado.


-¿Era su hermano?
Todos deberíamos de haber contestado:
- Si. Enterramos a nuestro hermano.
Era domingo... día de misa.


Esta historia continuará.
Cholula, Semana Santa de 1995.
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